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Hay días en los que te sientes sin energía, más lento, con menos motivación de lo habitual.
Te cuesta concentrarte, todo requiere más esfuerzo y hasta las tareas normales parecen más pesadas.
Muchas veces lo interpretamos como algo psicológico: estrés, falta de ganas, desmotivación o simplemente cansancio acumulado.
Pero en los últimos años la investigación científica ha empezado a mostrar algo interesante:
no siempre es la mente la que está fallando.
A veces es el cuerpo el que está pidiendo una pausa.
Porque cuando el organismo detecta que necesita reparar, protegerse o recuperar equilibrio interno, puede activar cambios biológicos que influyen directamente en cómo pensamos, sentimos y nos comportamos.
Uno de los mecanismos más importantes detrás de esto es la inflamación.
Y entenderlo cambia bastante la forma en que interpretamos lo que nos pasa.
La palabra inflamación suele tener mala fama. La asociamos a enfermedad, dolor o algo que no funciona bien en el cuerpo.
Pero en realidad, la inflamación es uno de los mecanismos más importantes de supervivencia.
Cada vez que el organismo detecta un problema —una infección, una herida, daño celular o una amenaza interna— activa una respuesta coordinada para protegernos y reparar tejidos. Parte de esa respuesta es la inflamación.
Es un sistema de defensa.
Sin inflamación no podríamos curarnos de una herida, combatir bacterias o recuperarnos de una lesión.
El problema no es la inflamación en sí.
El problema aparece cuando esa respuesta se mantiene más tiempo del necesario o cuando se activa de forma persistente a baja intensidad. A eso se le suele llamar inflamación crónica de bajo grado.
Y aquí es donde empieza lo interesante.
Porque la inflamación no solo afecta a músculos, articulaciones u órganos. También forma parte de un sistema de comunicación interna que influye en cómo funciona el cerebro.
En el artículo que escribí sobre las hormonas ya vimos que el cerebro está continuamente recibiendo información sobre el estado interno del cuerpo, incluso desde órganos que están a mucha distancia.
Cuando el sistema inmunológico detecta un problema, libera moléculas llamadas citoquinas inflamatorias. Estas moléculas pueden viajar por la sangre o activar vías nerviosas que envían señales directas al cerebro. Incluso el propio cerebro tiene células inmunes —la microglía— capaces de responder a estas señales.
En otras palabras:
el cerebro sabe cuándo el cuerpo está bajo presión biológica.
Y cuando recibe esa información, ajusta el comportamiento.
Piensa en lo que ocurre cuando tienes gripe.
No solo tienes fiebre o dolor corporal. También:
Esto no ocurre por casualidad.
Es un programa biológico conocido como conducta de enfermedad.
Cuando el organismo necesita energía para combatir una infección o reparar tejidos, el cerebro reduce la motivación y la actividad para favorecer la recuperación.
Desde un punto de vista evolutivo tiene todo el sentido:
moverse menos y descansar más aumenta las probabilidades de sobrevivir.
No hace falta estar enfermo o tener una infección para que el sistema inmunológico esté activo.
Existen situaciones en las que el organismo mantiene un nivel de inflamación bajo pero persistente. No produce síntomas claros como dolor intenso o enfermedad aguda, pero sí modifica el estado interno del cuerpo. Podríamos decir que está en una situación de enfermedad leve prolongada.
Ese estado puede influir en:
Y lo más importante: muchas veces ocurre sin que seamos conscientes.
El cerebro simplemente recibe señales de que el organismo necesita priorizar recursos.
No hay que olvidar que la prioridad del cerebro no es que nos sintamos bien, sino que sobrevivamos. Si considera que necesitamos reparar nuestro cuerpo, bajará nuestros niveles de energía
Vivimos en un momento de la historia en la que la cantidad de actividades, información o tecnología son mucho mayores de lo que nuestra biología es capaz de procesar.
El ritmo de vida que llevamos afecta directamente a nuestra inflamación basal. Seguro que te suenan alguno de estos factores:
Todos estas situaciones, no son normales para nuestra biología, nuestro cerebro lo interpreta como una amenaza real y la respuesta que tiene ante esto es reparar el cuerpo, y por lo tanto, inflamarlo.
Gran parte de la actividad del sistema inmunológico ocurre de forma automática, sin que tengamos control consciente. Aun así, el entorno en el que vive el organismo sí influye en cómo se regula.
Tampoco podemos vivir como robots, midiendo cada cosa que hacemos y obsesionados con cumplir 50 hábitos de manera perfecta. Es suficiente con prestar atención a estos 7 hábitos e intentar cumplir con ellos de manera habitual. No pasa nada si de vez en cuando te los saltas.
No son soluciones mágicas ni garantizan un estado perfecto.
No se trata de optimizar el cuerpo. Se trata de no dificultarle el trabajo.
Que no nos veamos inflamados, no significa que no lo estemos. Entender que el estado interno del organismo influye en cómo pensamos y sentimos puede cambiar la forma en que interpretamos nuestras propias experiencias.
A veces no estamos desmotivados.
A veces no somos menos disciplinados.
A veces el cuerpo está gestionando recursos, reparando o intentando recuperar equilibrio.
Eso no significa que todo sea biológico ni que no tengamos responsabilidad sobre nuestras decisiones.
El cerebro no separa lo físico de lo emocional. Todo ocurre dentro del mismo sistema biológico.
La energía, el estado de ánimo, la motivación o la claridad mental emergen de un organismo que está regulándose constantemente en segundo plano.
Comprenderlo no resuelve todos los problemas.
Pero cambia 2 cosas importantes:
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