Hace casi siete años nació mi hijo.
Recuerdo con bastante claridad la sensación de que algo cambiaba de forma drástica en mi vida. No solo a nivel práctico —horarios, sueño o responsabilidades— sino a un nivel más profundo.
Mi energía era distinta.
Mi motivación también.
Empecé a dejarme más de lado y a cuidarme menos de lo que lo hacía antes. Y no lo hacía por un tema de prioridades, realmente tenía menos ganas de hacerlo.
Menos ganas de ciertas cosas que antes me motivaban. Menos impulso para dedicar tiempo a mí mismo. Como si parte de mi vida anterior se hubiera detenido.
Durante mucho tiempo interpreté esos cambios como una consecuencia normal del cansancio o del estrés.
Pero había algo más.
También apareció una emoción que tardé en reconocer: tristeza y resignación.
En aquellos momentos no podía expresar ese sentimiento, nadie me entendería y además me sentía muy culpable.
Era la sensación de que una etapa de mi vida desaparecía y yo no quería que ocurriese y tener esa sensación, me parecía egoísta por mi parte.
No quería despedirme de ese Alberto que tenía más libertad, más tiempo propio, más espacio mental para sus intereses.
Hoy lo entiendo de otra manera.
No estaba perdiendo quién era. Estaba atravesando una transformación.
Durante décadas se pensó que la paternidad era principalmente un fenómeno psicológico en los hombres.
Hoy sabemos que también es biológico.
Uno de los estudios más conocidos es el de Lee Gettler y su equipo (2011, PNAS). Siguieron a hombres antes y después de convertirse en padres y encontraron que los niveles de testosterona disminuían significativamente tras el nacimiento del hijo.
Además, los hombres con niveles más bajos eran los que más se implicaban en el cuidado.
Lejos de ser negativo, este cambio tiene sentido adaptativo.
Menos orientación a metas personales.
Más conductas de cuidado.
Otros estudios han observado aumentos de hormonas relacionadas con el vínculo, como la oxitocina. La investigadora Ruth Feldman mostró que los niveles de oxitocina en padres aumentan tras interactuar con sus bebés y se relacionan con conductas más sensibles y afectivas..
Investigaciones con resonancia magnética, como las de Abraham y colaboradores (2014), han demostrado que los padres activan redes cerebrales implicadas en la empatía, la recompensa y el procesamiento emocional cuando interactúan con sus hijos. En padres muy implicados, algunos patrones son comparables a los observados en madres.
La experiencia de cuidar modifica el cerebro.
No es solo un sentimiento. Es neuroplasticidad.
Algunos cambios pueden empezar incluso antes del nacimiento. Investigaciones han encontrado variaciones hormonales en hombres durante el embarazo de su pareja, lo que sugiere que el organismo masculino también se prepara para el rol parental.
En conjunto, la evidencia apunta a una idea clara: La paternidad modifica la biología masculina.
Estos cambios químicos que ocurren en el organismo de un hombre cuando es padre, son directamente proporcionales a la interacción y cuidado que tengan con el bebé. Los hombres que no están presentes en el cuidado del niño, sufren variaciones muy bajas o incluso nulas.
Desde una perspectiva evolutiva, estos cambios tienen sentido.
Los bebés humanos nacen extremadamente dependientes. A diferencia de muchas otras especies, necesitan años de cuidado continuo.
La cooperación parental aumentaba la supervivencia de los hijos. Y eso favoreció la evolución de conductas parentales masculinas.
Reducir testosterona tras convertirse en padre podría haber sido adaptativo porque:
En otras palabras:
El organismo cambia para priorizar la supervivencia del hijo.
La biología del padre no es un accidente.
Es una adaptación.
Entender esto no elimina las dificultades.
Convertirse en padre puede implicar ambivalencia, cansancio, pérdida de libertad y cambios en la identidad.
Pero saber que parte de lo que ocurre tiene una base biológica puede aportar perspectiva, comprensión, aceptación.
Si eres padre reciente y estás en una situación parecida, tienes que entender que estás atravesando un proceso de cambio profundo, que necesitas despedirte de tu antiguo yo y dar la bienvenida a la nueva persona que vas a ser, en la que aparecerá:
Convertirse en padre no consiste solo en aprender a cambiar pañales o dormir menos.
Consiste en aceptar que algo en ti cambia.
Que quizá una versión anterior de ti se despide.
Que puedes sentir amor y tristeza al mismo tiempo.
Que puedes echar de menos tu vida anterior y, aun así, amar profundamente la nueva.
Y que todo eso no te hace peor padre.
Te hace humano.
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